25 de noviembre de 2008

EL PALOMO MENSAJERO




















ADVIENTO
¡A PREPARARSE TOCA!

Pues la verdad, no sé a vosotros, pero a mi no me va a venir muy bien, precisamente ahora con los líos que tenemos, que si evaluaciones, que si notas, que si entrevistas con padres, ahora, justo ahora, llega el Adviento.
¿Un tiempo para la esperanza?
Uno mira la realidad del mundo y le entran ganas de llorar... algo no marcha bien, hasta la esencia misma del universo parece maltrecha...
¡Por eso!, por eso es necesario el Adviento porque se precisan personas que inunden la realidad con el sabor de la fe y la esperanza. Porque se necesita gente a la que la exclamación "la vida es así" no le deje descansar por la noche, gente incorformista que salga al encuentro, que "empuje" que ayude a sembrar la esperanza en un Dios que es garantía, salvación, felicidad, amor, entusiasmo, delicadeza, solidaridad, calma, sosiego y bondad. Un Dios, no lo olvidemos, que prefirió el pesebre al trono. Ya ves. Y yo corrigiendo.

ESTAS SON MIS PLUMAS

CUENTO DE ADVIENTO
¡Te encomiendo a los chicos!
P. Mamerto Menapace, Monasterio de Los Toldos (Argentina)

Antes de partir para aquel lugar lejano que le había sido asignado por tiempo indefinido, el esposo le había dicho con esa voz que hace aún más espesas las partidas:
¡Te encomiendo los chicos!
En esa frase ella intuía el programa que alimentaría el anhelo del retorno para todo ese tiempo de espera. Los intereses de su esposo ausente serían para ella sus mismos intereses. En cada esfuerzo sufrido, en cada alegría celebrada sentiría estar cumpliendo la confianza que en ella había depositado su marido al partir.
Muchas veces en su historia de compromiso y de amor había vivido la ausencia de su esposo. Y muchas veces había tenido que alimentar la espera y había vivido la experiencia del retorno. Pero nunca la ausencia había sido como ésta. Nunca lo había sentido tan lejos ni se le había hecho tan penosamente largo el retorno.
Poco a poco sus cartas se habían hecho menos frecuentes. Los amigos que venían trayendo noticias de él eran raros y hablaban sólo de datos lejanos y como si fuera de oídas... Fue entonces cuando comenzaron a llegar a sus oídos cada vez con más insistencia, otras voces y comentarios...
Se decía de él que ya no volvería, que había olvidado sus promesas, que su fidelidad era pasajera. La consolaban diciéndole que quizá tenía intereses en otra parte y su corazón ya no estaba con ella.
Ella callaba y en la intimidad de su habitación, por la noche, una lámpara permanecía encendida.
Muchos pensaron que se encerraba para llorar, para desahogarse sin que los chicos la vieran, para vivir en secreto la amargura de su orgullo herido, para aceptar a solas lo que todos pensaban y sólo ella parecía querer ignorar, para confesarse a sí misma que tampoco ella creía ya en el retorno del que amaba...
Y sin embargo, había un detalle misterioso en esa actitud: Todas las mañanas amanecía con una serenidad y una fuerza nuevas que le permitían ocuparse con fidelidad de cada detalle.
Lo que nadie sabía tal vez es que en esa intimidad de alcoba, había un tesoro que sólo ella conocía. Allí, en el silencio de sus noches solitarias, volvía a releer y a meditar cada una de las cartas de amor que había recibido de él. Cartas que en tiempos ya maduros habían alimentado otras esperas, siempre cumplidas. Cartas que le hablaban de ausencias vividas y de reencuentros profundos. Allí volvía a encontrarse con el corazón de él, volvía a sentirlo latir. Lo reconocía y no dudaba. Él volvería.

SE TE VE EL PLUMERO

CARTA DE MELCHOR:
Queridos amigos:
Ando un poco preocupado, creo que los cristianos de hoy habéis perdido la luz: ¡No sois luminosos ni brilláis! ¡Os habéis vuelto opacos y oscuros! No dejáis que la Luz de Dios os transmita su brillo y su calor.
Permitid que os inunde con su claridad, y después convertíos en estrella para los demás. Sed puntos de luz en vuestras familias, en vuestros pueblos. Reflejad esa luz que habéis recibido y que os ha llenado.
Ya lo veis: mirar a las estrellas no es cosa de niños. Es cosa de sabios. Soñar, sorprenderse, buscar, esperar, imaginar con ingenuidad y expectación. Es principio para ponerse en camino y encontrarse con el Dios que nos sale al encuentro constantemente, en lo más pequeño y escondido.
Nosotros encontramos la luz y quisimos regalarla a raudales. Porque la luz que no se saca, se pierde y se apaga. Esa fue nuestra razón de ser, y esa debe de ser la vuestra, siempre: regalar la luz a los otros