CUENTO DE ADVIENTO
¡Te encomiendo a los chicos!
P. Mamerto Menapace, Monasterio de Los Toldos (Argentina)
Antes de partir para aquel lugar lejano que le había sido asignado por tiempo indefinido, el esposo le había dicho con esa voz que hace aún más espesas las partidas:
¡Te encomiendo los chicos!
En esa frase ella intuía el programa que alimentaría el anhelo del retorno para todo ese tiempo de espera. Los intereses de su esposo ausente serían para ella sus mismos intereses. En cada esfuerzo sufrido, en cada alegría celebrada sentiría estar cumpliendo la confianza que en ella había depositado su marido al partir.
Muchas veces en su historia de compromiso y de amor había vivido la ausencia de su esposo. Y muchas veces había tenido que alimentar la espera y había vivido la experiencia del retorno. Pero nunca la ausencia había sido como ésta. Nunca lo había sentido tan lejos ni se le había hecho tan penosamente largo el retorno.
Poco a poco sus cartas se habían hecho menos frecuentes. Los amigos que venían trayendo noticias de él eran raros y hablaban sólo de datos lejanos y como si fuera de oídas... Fue entonces cuando comenzaron a llegar a sus oídos cada vez con más insistencia, otras voces y comentarios...
Se decía de él que ya no volvería, que había olvidado sus promesas, que su fidelidad era pasajera. La consolaban diciéndole que quizá tenía intereses en otra parte y su corazón ya no estaba con ella.
Ella callaba y en la intimidad de su habitación, por la noche, una lámpara permanecía encendida.
Muchos pensaron que se encerraba para llorar, para desahogarse sin que los chicos la vieran, para vivir en secreto la amargura de su orgullo herido, para aceptar a solas lo que todos pensaban y sólo ella parecía querer ignorar, para confesarse a sí misma que tampoco ella creía ya en el retorno del que amaba...
Y sin embargo, había un detalle misterioso en esa actitud: Todas las mañanas amanecía con una serenidad y una fuerza nuevas que le permitían ocuparse con fidelidad de cada detalle.
Lo que nadie sabía tal vez es que en esa intimidad de alcoba, había un tesoro que sólo ella conocía. Allí, en el silencio de sus noches solitarias, volvía a releer y a meditar cada una de las cartas de amor que había recibido de él. Cartas que en tiempos ya maduros habían alimentado otras esperas, siempre cumplidas. Cartas que le hablaban de ausencias vividas y de reencuentros profundos. Allí volvía a encontrarse con el corazón de él, volvía a sentirlo latir. Lo reconocía y no dudaba. Él volvería.